Plinio Apuleyo Mendoza, a la derecha de García Márquez y a la izquierda de Vargas Llosa

2026-08-02 10:34:30 - ARGENTINA

En septiembre de 2010, la revista Arcadia publicó un artículo de Francisco Barrios sobre la vida y la obra de Plinio Apuleyo Mendoza. Titulado provocadoramente ¿Por qué Plinio que era tan bueno se volvió tan malo?, el texto hacía un examen de la evolución ideológica del escritor: de su juventud castrista a una vejez afín al uribismo. En ese entonces –y parece que el asunto sigue vigente–, la intelligentsia criolla se preguntaba por la razón de que un prosista afinado, autor de libros memorables, se hubiera deslindado de la filas de la izquierda para compartir simposios con políticos de derechas y cócteles con militares.

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Comencemos por el principio. Desde hace algunas décadas existe la idea de que el oficio de la escritura literaria es un coto de caza exclusivo para quienes comulgan con los postulados del marxismo o de la socialdemocracia. En algún momento del siglo XX –quizá después del mayo francés– la literatura y las demás artes se volvieron instrumentos para denunciar las sombras del capitalismo o para promover las bondades de las revoluciones de corte socialista. Quizá América Latina fue la región del globo en la que este desliz conceptual tuvo mejor fortuna. Dos cosas afincaron tal percepción: el Boom y el triunfo de los barbudos de Fidel Castro en Cuba.

Nacidos en las primeras décadas del siglo pasado, los escritores del Boom fueron simpatizantes de la izquierda, en sus diferentes matices. Dicho rasgo ideológico se explica si se mira en detalle las historias nacionales de Colombia, México, Argentina, Perú y Chile. Por ejemplo, el universo literario y político de Gabriel García Márquez no se entiende completamente sin tomar en cuenta las relaciones económicas de la costa caribe colombiana con la United Fruit Company, la masacre de las Bananeras y la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Incluso, si uno fuera más preciso, tendría que decir que los novelistas del Boom fueron más antimperialistas gringos que feligreses de la ortodoxia comunista.

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Más allá de esas precisiones, lo cierto es que varias generaciones de lectores de América Latina se formaron a la luz del magisterio de los narradores del Boom. En América Latina se propagó la idea de que el escritor es un tipo de izquierda –hablo en masculino porque, a la sazón, las escritoras ocupaban un rol secundario en el mercado y en los debates–, a menudo amigo de los presidentes y de los líderes guerrilleros. No hace mucha falta decir que la realidad excede la simpleza de esa categoría. Además, siempre hubo excepciones a la regla. Pensemos en los quebraderos de cabeza de los lectores zurdos con la obra de Jorge Luis Borges. Luego, el caso Padilla hizo trizas esa uniformidad ideológica. Mario Vargas Llosa y otros intelectuales se salieron del redil castrista. Uno de ellos, Plinio Apuleyo Mendoza.

Con esto en mente, volvamos al titular de Barrios. En realidad, la pregunta sobre la "maldad" de Plinio tenía todo que ver con sus columnas publicadas en El Tiempo. Plinio no era considerado malo por la elite letrada colombiana por su relación con las novelas de Marvel Moreno, quien fuera esposa suya por varios años –este es un tema que valdría la pena investigar más– ni porque sus libros fueran aburridos, sosos. No, Plinio era "malo" por romper el coro intelectual izquierdista y hacerlo con una prosa exquisita, de las mejores de la prensa nacional de los últimos treinta años.

Sus más férreos adversarios acusaron a Plinio de frivolidad porque cada tanto publicaba artículos sobre su relación con un joven costeño que llegaría a escribir Cien años de soledad o porque presumía en sus columnas de su amistad con Mario Vargas Llosa y otros intelectuales de postín. La parte sobre García Márquez tiene unos gramos de verdad. Plinio escribió El olor de la guayaba –una entrevista con García Márquez– y Gabo, cartas y recuerdos. De hecho, hasta la publicación de las biografías del genio, escritas por Dasso Saldívar y por Gerard Martín, los textos de Plinio fueron una lectura obligatoria para los gabólogos entusiastas. Guardando las proporciones, Plinio tuvo en la vida de Gabo el papel que Adolfo Bioy tuvo en la de Borges: uno de sus primeros mecenas y un testigo de la grandeza.

La parte de la crítica relacionada con Vargas Llosa es pura inquina política. Resulta sintomático que la lejanía de Plinio con García Márquez comenzara en la misma época en que su amistad con Vargas Llosa se hacía más estrecha. No obstante, esa sintonía con el nobel peruano nunca alcanzo el grado de compadrazgo de su vínculo con García Márquez. Fue más bien una relación intelectual, política, que se tradujo en colaboraciones en algunos de los empeños de la derecha por competirle a la izquierda en el terreno editorial. De esa cosecha, El manual del perfecto idiota latinoamericano es el ejemplo más claro. Ese libro se escribió y publicó con el objetivo de poner en entredicho a Las venas abiertas de América Latina, la biblia de la zurda latinoamericana, escrita por Eduardo Galeano.

En este punto convendría decir que Plinio perteneció a esa generación de autores latinoamericanos que hizo del debate político un elemento central de sus obras. A pesar de que publicó novelas, cuentos, memorias, fueron sus columnas las que más celebridad le dieron. Fue un escritor de prensa, un intelectual interesado en meter baza en las discusiones públicas desde la torre de la columna de opinión de un diario. La verdad sea dicha: pocos recuerdan sus novelas, algunos releen sus soberbios libros de anécdotas (La llama y el hielo, El país de mi padre y Aquellos tiempos con Gabo se conservan bien), pero los lectores lo recuerdan en su papel de polemista.

Todo esto salta a la vista en el cubrimiento que se le dio a su muerte. Para no ir muy lejos, el periodista Daniel Coronell publicó una nota en la que contó las disputas de Plinio con Antonio Cabellero, otro columnista de prosa inteligente. Coronel hizo énfasis en los denuestos que por años intercambiaron Plinio y Caballero –las alusiones a las orejas del primero fueron constantes en los textos del segundo–, pero pasó de largo en el hecho de que los dos fueron las caras de la misma moneda. Plinio y Caballero fueron escritores cuyos mejores frutos los dieron en las páginas de la prensa. Y era lógico que sucediera tal cosa: los periódicos fueron los canales informativos predilectos de las clases medias del siglo XX.

En cierto sentido, con la muerte de Plinio se cerró una época de la literatura colombiana, precisamente aquella en la que los periodistas fueron los intelectuales de la bohemia y no redactores embelesados con el SEO –Search Engine Optimization o optimización para motores de búsqueda–, el GEO –Optimización para Motores Generativos o Generative Engine Optimization– y demás novedades de la IA.